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sábado, 30 de junio de 2012

200 microrrelatos "On the road".



200 microrrelatos on the road

Se ha publicado el libro de los doscientos finalistas del Certamen de Microrrelatos ArtGerust ON THE ROAD, convocado por la editorial ArtGerust, de entre los más de 1.000 relatos que han concurrido a esta convocatoria.
Los trabajos son microrrelatos de no más de 160 palabras cuya temática es una buena mezcla entre literatura, la llamada literatura de viaje iniciático y las famosas “Road Movies” cinematográficas. En resumen, microrrelatos que narren viajes que se desarrollen enteramente en la carretera.

Entre los doscientos seleccionados se encuentra el microrrelato que da nombre a este blog Whitman de camarada

Os dejo con el vídeo promocional.




sábado, 26 de mayo de 2012

Autorretrato

Juventud

Pintó sus ojos febriles. El hombro desnudo ahuesado, en escorzo, asomándose por la camisa de algodón. Mirada asaeteada por el destino, sin futuro. Cabellera arrebatada por las ideas progresistas y diferentes. La piel amojamada  por los grises, con pinceladas en carne viva color carmesí. Obra de un moribundo juvenil. Estampa de una vida que nunca llegó a existir, del artista que sí llegó a ser. A los veintiocho años murió con la vida inacabada.

 


Biografía de Egon Schiele

Madurez


Dibujó la realidad de sus demonios, que son los de todos. Las facciones de sus sentimientos, quebradas, rotas, diluidas y sin sentido. Hijo de una infancia perdida, marcada por el autoritarismo y la infamia. Ocres y violetas mezcla de la vergüenza y el abandono paterno. Halló su destino en el arte, por casualidad. Pinto la muerte en la vida, la belleza de la podredumbre humana. Desentrañó con las pinceladas su personalidad entreverada por el alcohol, la autodestrucción, la soledad y la sexualidad transgiversada e incomprendida. El desgarro le acompañó en vida hasta su muerte.




 Biografía de Francis Bacon

Vejez 

Reflejó lo común a través de los surcos de su rostro envejecido por el tiempo. La vida desnuda, sin filtros, ni aderezos. La belleza monstruosa y brutal de los seres humanos. Dibujar su propia mirada, conocedora de la cotidianeidad y sus fealdades. Rasgos adustos de un rostro degradado por la vida, musculatura realzada por los trazos serpenteantes, movimientos de pincel con precisión quirúrgica diseccionando las personalidades y su vulgaridad elegante. Murió como quiso: libre. 



Biografía de Lucian Freud


Verde Colony Room
Era viernes por la noche y el Colony Room del Soho londinense de los años sesenta acogía sus habituales sinvergüenzas, excéntricos, descarriados hilarantes y, por supuesto, alcohólicos profesionales. Del verde amentolado de las paredes se desgranaban toda clase de historias y aventuras en forma de fotografías antiguas, recortes de periódicos y recuerdos indescriptibles. El whisky se mascaba en el aire, las risas correteaban por el pequeño hall de entrada y el humo acompasaba las conversaciones.
Encastrados al final de la barra se encontraban dos de los asiduos del lugar: los pintores Francis Bacon y Lucien Freud conversando con ritmo etílico. Los estaba observando desde el momento en que entré en el club. Como escritor me resultaba fascinante intentar desovillar su conversación. Me preguntaba de qué hablarían: del autorretrato de juventud de Egon Shiele, o quizás de los suyos propios: el de Bacon ya en su madurez o el de ancianidad de Freud. “Creo que debería escribir una serie de relatos sobre esta idea”- pensé.
Eyre Lebasy
3 de junio de 2012


sábado, 19 de mayo de 2012

Más allá


Trató una vez más de tomar un trago de agua pero el vaso se le deslizó entre las manos huesudas. Pensó "Hay que ver lo difícil que es la vida cotidiana después de la muerte".


Eyre Lebasy
18 de mayo 2012


Tarta vienesa


Cuatro de la tarde. Café Central. Viena. Otto ordena un capuccino y una tarta de mascarpone con frambuesas. Lee “Muerte en Venecia”.Matilde, sin embargo, siempre pide chocolate con nata y un struddel de manzana, mientras escribe cuentos en su pequeño cuaderno rojo.
Al principio de conocerse siempre charlaban de los temas más variopintos, ahora apenas se dirigen la palabra.
A las siete en punto pagan la cuenta y se marchan. Ha sido así durante los últimos veinte años.
Una tarde ella dijo:
– ¡No podemos seguir así la rutina nos está matando. Necesitamos un cambio!
-Tienes razón. Intentemos algo nuevo- contestó.
Desde aquel día están encantados. A él le fascinó el struddel de manzana y ella  encontró deliciosa la tarta de mascarpone con frambuesas.

Eyre Lebasy

18 de mayo de 2012

 



viernes, 20 de abril de 2012

La vida del anciano Tembo


Creo que ahora que camino la senda del cementerio, del que no regresaré jamás, es el momento oportuno para contar la historia de mi vida.
Nací en el sur de la selva, dentro de una manada bastante bien avenida. Como definición de mi infancia se podría decir que fue como debe ser: feliz, sin  preocupaciones, ni dolor.
En las mañanas soleadas compartía paseos hasta el río con mi madre para bañarnos y por las noches, los rumores de la jungla me adormilaban con familiar arrullo. El único peligro eran los leopardos o tigres que,  a menudo, nos atacaban, pero siempre tenía el halo protector de la experiencia de los más adultos.
El hechizo se rompió el día en que fui capturado por los tiranos.  Separado de mi congéneres y amarrado a un árbol, la soledad me acompañó hasta que lograron domesticarme a sus maneras y según sus deseos.
La llegada a la ciudad carmesí de Jaipur me trajo estupor y amargura pues mi hogar pasó a ser una  barraca infame en los suburbios, donde compartía  una convivencia llena penurias con otros esclavizados como yo. Mi amo no merece más que mi desprecio. Se trataba de un ser vil, deleznable y sin un ápice de humanidad.
Subir y bajar, bajar y subir del Fuerte Amber: esa era mi vida.Cargado con viajeros de múltiples rostros, razas, lenguas y caracteres, que en nada  aliviaban mi monótona existencia de trabajo. Aprendí bien mis deberes bajo las constantes amenazas de mi amo. No mostrar nerviosismo, ayudar a los clientes inclinando levemente las patas delanteras, y  con un gesto eficaz de la trompa, auparles hasta el lomo.
Al pasar algunos meses, de vuelta de una interminable jornada laboral, fue cuando por primera vez me fijé en ella: cabalgando sobre un tigre de Bengala, sus múltiples brazos sostenían puñales; vestía un sari rojo y aderezaba su cabello con una corona dorada. La invencible, la diosa Durgha ,ante mí, en su templo. A partir de ese día, a mi regreso no podía evitar quedarme extasiado ante su presencia. Hasta pareciera que ella también se fijara en mí, el simple Tembo; aquel que guardaba como un tesoro, sus anhelos de regresar a la libertad algún  día.
Llegué a tener el total convencimiento que ella era la única que podía penetrar en mi corazón como una daga, para examinar y conocer los posos de amargura que contenía.

El otoño era la estación de la festividad de Durgha y por tal motivo salía todo Jaipur a las calles a celebrarlo con gran algarabía, desorden y música.  Mi cuerpo lo pintaban por completo de filigranas coloreadas para acompañar todo el frenesí de sensaciones que envolvía el ambiente.
Aquel octubre era diferente. Al comenzar la tarde y salir Durgha en la cabalgata acompañada por hordas infantiles desbordadas de alegría, mis sensaciones no se mezclaban con las del resto. Pareciera que ella me observaba, que en su fuero interno algo bullía.
La tarde era calurosa y apacible. Los niños disfrutaban con cantes y bailes, los ancianos observaban desde los umbrales de sus moradas, los jóvenes aprovechaban la ocasión para evadirse de la presencia vigilante de sus progenitores.El desfile se desarrollaba por sus cauces naturales.

En el momento del atardecer, los colores del cielo se difuminaron con los de los ropajes de la gente y de pronto Durga dirigió hacía mí su mirada.
Quedé perplejo, petrificado. Un golpe de mi amo me sacó del estupor. Caminé unos pasos más.Creí ver un pequeño ademán del puñal en sus manos. Volví a quedarme inmóvil; mi dueño se acerco dispuesto a darme una tremenda paliza. Entonces surgió una voz clara y autoritaria que dijo:
–¡No te atrevas a darle un golpe más!¡Te lo prohíbo!

La diosa procedió entonces, con gesto certero, a cortar la soga que me ataba a la esclavitud en la que vivía desde hacía tantos años.
–Sígueme Simba ha llegado el momento que estabas esperando- me susurró.

Con una indicación suya el tigre de Bengala dio un salto comenzando a galopar. Sin pensármelo fuí tras ella. Nuestra huida se dilató varias jornadas en las que atravesamos todo tipo de geografías, climas y terrenos.
Hasta que, al amanecer del quinto día, comencé a reconocer  el paisaje de mi niñez.

En lo más profundo de la maleza Durga se detuvo:

–Tembo, por fin he podido cumplir tus deseos, ya eres libre.

Marchó sin mirar atrás, sin tiempo para los agradecimientos y las despedidas.

La vida en libertad al principio fue abrumadora e infinita.La carga llegó a hacerse insoportable. El desasosiego por lo desconocido, lo diferente, lo que tanto había deseado, pero al tenerlo se hacía inescrutable como la noche. La vida tenía ahora unas nuevas coordenadas que yo desconocía por completo. Tuve miedo. Me sentía incapacitado para sobrevivir.
La suerte una vez más me acompañó y hallé una manada que, como en los tiempos de mi niñez, me acogió en su seno, generando de nuevo en mi sensaciones de pertenencia  a una gran familia. El tiempo, la paciencia y las ganas de aprender me otorgaron la sabiduría suficiente para poder llegar a ser el guía de nuestro pequeño grupo.

Al final del día solía sentarme para ver morir a la tarde y era cuando surgían en mí los recuerdos de mi tiempo bajo los yugos de la esclavitud. No lograba sacar de mi espíritu la amargura y el rencor. Al repasar los sentimientos que albergaba éstos destilaban venganza, no hallaba cómo reconciliarme con lo que me sucedió.
Hoy soy un anciano en su último viaje y puedo decir que toda experiencia de mi vida dio un fruto que a su vez germinó en un aprendizaje del cuál estoy agradecido.

Ahora que llego al final del camino, veo las grandes osamentas de mis ancestros, sabiendo que moriré de la forma que siempre quise:estando en paz conmigo mismo.


Eyre Lebasy
20 de abril de 2012





La clave única


Se levantó por la mañana y angustiada, en el desayuno, le comentó a su marido.
–Horacio, tenemos que hacer algo, ya no controlo a las password. Estoy desesperada. ¡Quiero la clave única!.
–Mujer, no será para tanto son ya muchos años los que llevamos todos juntos y aunque hemos tenido nuestros altibajos, al final todo se soluciona.
–No, esta vez es definitivo ¡No aguanto más! Creo que se divierten viendo mi nerviosismo. Al principio las manejaba bien, pero ahora campan a sus anchas. Ayer, sin ir más lejos, cuando intenté entrar en facebook , la clave se me lió con la de twitter, aunque no estoy segura porque también estuvo enredando la de tuenti. A veces trato de encender el móvil y me aparece la de la tarjeta de crédito, que a su vez se mezcla con la clave de operaciones del banco. Antes de ayer, cuando accedí al blog la password se camufló por la de la tarjeta de puntos de la línea aérea.
–Candela, deberías tomártelo con más calma. Ya sabes como es de estricta la clave única. Yo en esto de las password siempre  prefiero tener un enfoque más dialogante. Démonos un mes de plazo. Intentaremos poner orden y meterlas en vereda anotándolas en una agenda, a ver si de esta manera dejan de tener ese punto de rebeldía. Si no funciona ya buscamos algo más drástico, como tú propones.

-He de reconocer que no son todas iguales. Las de los bancos y las compañías suministradoras son más serias. Debe de ser por la madurez que les da el ser una combinación alfanumérica. Pero la de las redes sociales y  blogs no tienen remedio, son unas insumisas, sin ningún tipo de vergüenza, como saben que con un simple correo y un link se las puede resetear… De todas formas está bien, nos daremos un mes de plazo como tú quieres, a ver que tal va.

En ese momento abrió el portátil para echar un vistazo al correo electrónico. Al poner la password le dio un error. Esa no era la correcta; debía ser que estaba intentado bromear con ella la contraseña de la página web de viajes…


Eyre Lebasy
19 de marzo de 2012



sábado, 31 de marzo de 2012

El amigo del príncipe Zhang



El eunuco entró agitado en la recámara de la emperatriz.
-Majestad una serpiente ha mordido al príncipe Zhang mientras jugaba en el jardín de los cerezos.
El médico real estuvo observando el estado del pequeño.
-Es una extraña clase de reptil, muy peligrosa. No conozco el antídoto. En pocos días puede morir. Sin embargo, tengo noticias de un sabio muy anciano, en las lejanas tierras de Gimzú,   conoce todos los secretos de la naturaleza. Creo que es la última esperanza que nos queda.
El emperador le mandó llamar de inmediato.
Liu viajó, infatigablemente, durante tres días y tres noches hasta llegar al umbral que muy poca gente en el Imperio tenía el honor de traspasar: la Ciudad Prohibida.
Sin más preámbulos fue llevado a la habitación del enfermo
Estudió al pequeño. Yacía en su lecho ovillado, desvalido, sus ojos aguados reflejaban el estado febril y estaba como perdido en la semiinconsciencia que marca la frontera entre la vida y la muerte.
El anciano pidió quedarse a solas con el niño pues, supo que la situación era muy grave. De su fardo deshilachado extrajo una serie de zurrones tintados de colores. Al momento toda la estancia quedó embriagada por las esencias de las hierbas fundamentales de la medicina china.
Las manos huesudas y sabias amasaron de manera experta el cárcamo, la cassia, la efedra, el daphne,  añadiendo menta coreana y polvo de arroz hasta convertir la mezcla en una píldora. Se la dio a tomar al pequeño con un poco leche de yak que traía del viaje, mientras le miraba con ojos paternales. Tomó las delgadas muñecas del enfermo y ató dos hilos de seda de color carmesí. A continuación descansó de su largo viaje  en un jubón que extendió al lado del lecho del moribundo.
Los días siguientes tuvieron un efecto curativo en el príncipe. El viejo sabio no se apartaba de su lado, convirtiéndose en una sombra protectora de Zhang. Éste, por su parte, cada día que pasaba estaba más asombrado con su curador. No se parecía a ninguno de los sirvientes, tutores, eunucos y concubinas que hasta ese momento le habían hecho compañía. Liu le contaba de las tradiciones de su pequeña aldea, de la que nunca había salido antes, de las plantas medicinales que con tanta maestría manejaba, de cómo era la vida del campo: las cosechas, los granizos, las mudas del paisaje provocadas por las estaciones. El príncipe le hablaba de los conocimientos adquiridos a través de los maestros e institutrices que su padre le imponía: las matemáticas, la astrología, la historia; cuestiones que el viejo analfabeto jamás imaginó poder aprender.
La vida del ermitaño se vio completada por una amistad  de la que nunca hubiese disfrutado de otro modo y el pequeño encontró un remanso de ternura que desconocía hasta entonces. La extraña amistad  se forjó sin que ambos parecieran darse cuenta, poco a poco, con complicidades inusitadas y  simpatía recíproca.
Al cabo de unas semanas, el príncipe estuvo completamente recuperado, llegando el momento en que el sabio Liu debía partir.
-Ya no te veré nunca más- dijo Zhang
-Ten paciencia, me verás muy pronto. No debes deshacerte de los hilos de seda rojos, son el camino hacía tu viejo amigo Liu.
En los días siguientes el príncipe estuvo triste y melancólico; todo el mundo en palacio lo achacó a su reciente enfermedad, pensando que en breve volvería a ser el niño travieso que solía.
Una noche, mientras estaba adormilado, una suave brisa empezó a soplar haciéndose poco a poco más fuerte. Los hilos de sus muñecas comenzaron a agitarse como si tuvieran vida propia, elevándole a través de la ventana. Sobrepasó los muros de la ciudad donde vivía enclaustrado desde su nacimiento y voló en medio de la noche: atravesó ríos, valles, montañas; vio ciudades y pueblos, pudiendo reconocer el  mundo del que le había hablado su amigo, sorprendiéndose de la inmensidad de la vida fuera del palacio.
En medio de la oscuridad aparecieron unos campos de terrazas de arroz zigzagueantes como olas infinitas, enmarcando un valle profundo. Los cordeles de seda roja le guiaron hasta lo alto, donde había una humilde choza de bambú. En el umbral estaba el viejo Liu.
-Bienvenido amigo: has encontrado el camino.
-Los hilos me han traído hasta aquí._dijo Zhang
La conversación entre ambos se dilató toda la noche; llevándoles, como siempre, a disfrutar de su mutua compañía.
Al llegar la aurora Liu dijo a al pequeño:
- Como recuerdo de nuestro encuentro te regalo el más especial de los animales: un grillo dorado.
El niño lo guardó con cuidado en su bolsillo y se despidieron con la intuición de que volverían a verse. La brisa aumentó y lo elevó de nuevo a las alturas. Volvió a ver los paisajes que le habían impresionado a la venida y, por fin, pasado un tiempo, que no sabría medir, a lo lejos reconoció las siluetas de los tejados de la Ciudad Prohibida.
Cuando despertó a la mañana siguiente se asomó a la ventana intentando descifrar el sueño que había tenido la noche anterior.
Entonces un canto agitó sus pensamientos; metió la mano en el bolsillo y un precioso grillo dorado apareció ante él.

Eyre Lebasy
3 de marzo de 2012


sábado, 24 de marzo de 2012

Her life


When she was born she was as pretty-hearted as her mother ,when she died she was as awful-hearted as herself

Eyre Lebasy
24 de marzo de 2012

Whitman de camarada


–Camarada Whitman, después de tantos años de literatura juntos, encontrarnos así, en una curva. En esta carretera que va a ningún lugar y viene de ninguna parte... Llevo dos días de viaje con mi amigo al volante haciendo millas sin parar. Recogiendo  vagabundos, desquiciados y delincuentes. Pero, encontrarle a usted ¡quién lo iba a imaginar! Vamos a Denver ¿le viene bien?
-Cualquier sitio es bueno para mí. ¿Y dice que me conoce?
­–Sí, ya sabe, Leaves of grass
-¿Usted escribe?
–Me gustaría, pero no sé sobre qué.
–Amigo mío, mire adelante, ahí tiene todo lo que busca: en la carretera.
Un volantazo de Cassidy  lo sacó del colocón de alucinógenos en que llevaba inmerso desde que iniciaron el viaje en Chicago. Kerouac se desperezó y recogió del suelo el poema que se la había caído: “Song of the open road”.


Eyre Lebasy
19 de marzo de 2012